A punto de cumplir dos años laborales en el Juzgado de Distrito de Morelia, del Poder Judicial Federal, manteniéndose activa dentro de la agrupación Acción Católica; lo cual le permitió entrar a un ámbito sociocultural más acorde a sus intereses; y permaneciendo atrapada en cierta manera dentro de una vida personal y familiar estrecha y asfixiante; nuestra homenajeada se enfrentó a un cambio radical y fatal (en el sentido lato de fatalidad) dentro de su trabajo, que terminó por dar un giro imprevisto a toda su vida.
Con la destitución del juez previo (funcionario corrupto por demás, de quien ni el nombre vale la pena recordar), tras haberlo acusado en pleno todo el personal del juzgado ante la Suprema Corte de Justicia, llegó como nuevo titular un personaje de talla inconmensurable (no sólo para el Poder Judicial, sino para la historia de México), quien por avatares de la vida hubo de regresar a la Suprema Corte, algunos años atrás, para retomar desde abajo una carrera jurídica distinguida antaño por la excelencia, rectitud y honestidad. Jurisconsulto de primerísimo nivel, el nuevo juez (don Arturo Cisneros Canto) llegó a restituir la armonía y respeto de aquel recinto judicial, por una parte y a darle (aún ignorándolo) una revolución a su vida personal, por la otra.
Antes de producirse dichos cambios, un par de meses tras el arribo a la ciudad de Morelia de don Arturo, nuestra dama y su familia fueron víctimas de la peor de las tragedias, la que por mucho tiempo marcó sus almas. El 13 de mayo de 1947, cerca de las tres de la tarde, José Santos, a sus 21 años de edad, tercer hijo de la familia y a poco de un mes de ser padre, fue herido de muerte en el rostro por la bala de un anciano demente recientemente viudo, en un acto fuera de toda lógica y con la única explicación de haberse cruzado incidentalmente en su camino. El dolor de los padres fue inefable y la impresión recibida por el resto de la familia les dejó en un estado de entumecimiento mental y emocional. Una vida joven truncada de golpe, una viuda casi niña, una primogénita nonata, unos padres heridos en el alma, y una hermana que tuvo que aprender a levantarse del derrumbe para luchar por una familia (la propia) que empezaba a irse a pique ante la tragedia sufrida, al dejarse vencer por el dolor. Don Fortino, el padre, cerró durante un mes el taller de zapatería, en señal inútil de duelo. Doña María de Jesús, la madre, se encerró en su pena, secos los ojos, olvidándose de que había unos hijos (varios de ellos niños) y un marido. El hogar, ante panorama tan negro, comenzó a colapsarse a pesar de los esfuerzos casi heróicos de nuestra joven por provocar a los suyos para detener el naufragio. El cariño y misericordia de quienes conocían de verdad el espíritu generoso y de lucha de nuestra biografiada, la cobijaron para fortalecerla, así que el apoyo moral (muchas veces más imperioso que el material) vino en la persona de un par de amigas que la obligaron a tomarse unos días de reposo y desahogo en la ciudad michoacana de Zamora, casi un mes después del estúpido asesinato del hermano. Tras ese lapso de reconstitución espiritual, regresó nuestra joven a su casa y a sus actividades, con la firme convicción de no permitir más el estado de derrota y dejadez imperante. Ello implicaba luchar contracorriente, por lo que la batalla fue campal y acerba, pero al final pudo imponer el orden y la vida continuó, aunque en condiciones materiales ásperas (las cuales tendrían consecuencias insuperables para los padres de nuestra homenajeada).
Con el duelo por dentro, nuestro personaje continuó sus actividades, esforzándose por encontrar una salida al círculo vicioso en que se sentía atrapada, sin podérsela hallar. (El momento histórico no había dado aún a las mujeres mexicanas la capacidad de decidir con plenitud sobre su vida, ni mucho menos de resolver entre lo que se esperaba socioculturalmente de ellas y lo que en realidad querían). Don Arturo, observador perspicaz, pronto notó las capacidades intelectuales y laborales de nuestra joven, por lo que a los pocos meses la llamó a trabajar directo con él, como su secretaria. Esto fue de enorme ayuda para el desarrollo personal y profesional de nuestra dama, pues no sólo se adentró de lleno en el mundo del derecho mexicano, sino que perfeccionó sus habilidades al grado de lograr un desempeño perfecto acucioso, organizado, eficaz y eficiente.
La discreción, inteligencia, alta sensibilidad, hambre de saber, elegancia y belleza de nuestra joven no tardaron mucho en hacer mella en el juez: hombre maduro entrando a su vejez, viudo hacía cuatro años con tres hijas adultas, cultísimo, brillante, atractivo y con un don de gentes que a su vez lo hacía muy interesante. Del trato laboral, con la discreción y buen gusto que dictaba la época (principios de 1948), pasaron al trato personal y, por decirlo así, al cortejo. La diferencia de edad era considerable (26 años, de parte de nuestra homenajeada contra 61, de parte de don Arturo); los mundos de procedencia eran tan distintos (joven moderna de la década de los 1920, de familia michoacana de clase media; hombre maduro de formación decimonónica en muchos aspectos, de familia yucateca prestigiosa y con peso social); sus ideologías, un tanto contrastantes (ella, católica, si bien liberal; él, librepensador de espíritu socialista); y con motivaciones divergentes (nuestra homenajeada, impactada por el gran mundo de don Arturo, buscando lograr al fin el ascenso sociocultural que tanto había añorado, junto con la experiencia madura que siempre le había atraído de los hombres, y el deseo de un hogar estable y tranquilo para el resto de su vida; y don Arturo, ansiando restablecer el hogar que ya no tenía y reconstruir el ambiente cálido y sólido que sólo podían darle una esposa y nuevos hijos, con miras a continuar lo que había iniciado casi 40 años atrás con su difunta esposa). No podía hablarse de amor, sino de afecto y amistad, lo cual no hubiera sido impedimento para realizar una buena unión, si no hubiera habido una serie de obstáculos que la convirtieron en hecho infeliz para ambas partes. Los celos de tres hijas adultas, con vidas hechas, fincados en un equivocado respeto a la memoria de una madre muerta años atrás y en el egoísmo de tener un padre exclusivo para no compartirlo con nadie ni con nada. El lastre de una familia egoísta, con unos hermanos un tanto insensibles a la voluntad y deseos de una hermana mayor siempre presente y al pie de su deber moral para con toda su familia, y unos padres habituados a descansar y descargar sus deberes y obligaciones en una primogénita de profunda solidaridad familiar. Don Arturo, con un temperamento noble, pero un carácter impaciente y efervescente, muy susceptible de ser influído por los seres más ligados a su corazón. Nuestra biografiada, con un espíritu rebelde y contestatario, impaciente hacia la injusticia y el engaño, y con un corazón altamente sensible aunque reservado.
La unión definitiva de estos dos seres no podía tener más rasgos en contra y, sin embargo, se dio. Se dio con la oposición de ambas familias. Se dio con el rechazo de una sociedad moreliana hipócrita y mojigata (aduladora del funcionario público y censora del librepensador, a quien etiquetaban falsa y maliciosamente de "masón" y "divorciado"). Se dio con la reprobación del guía espiritual de nuestra joven, padre Fernando Cabral. Se dio con la comprensión de la única voz de amor y apoyo que siempre acompañó a nuestra dama, su abuela materna, doña María y su tío abuelo materno, don Jesús.
El martes 19 de julio de 1949, en una sencilla y muy discreta ceremonia civil, en la casa familiar de nuestra biografiada, ante el juez de paz correspondiente, y con la presencia de los padres de la novia, la hija mayor de don Arturo y sólo dos testigos, se realizó el matrimonio. Nuestro personaje y don Arturo habían dado el paso que cambiaría sus vidas por completo y del que ya no tendrían vuelta atrás.

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