martes 9 de febrero de 2010

Los olvidados. Segunda entrega, parte IV

A punto de cumplir dos años laborales en el Juzgado de Distrito de Morelia, del Poder Judicial Federal, manteniéndose activa dentro de la agrupación Acción Católica; lo cual le permitió entrar a un ámbito sociocultural más acorde a sus intereses; y permaneciendo atrapada en cierta manera dentro de una vida personal y familiar estrecha y asfixiante; nuestra homenajeada se enfrentó a un cambio radical y fatal (en el sentido lato de fatalidad) dentro de su trabajo, que terminó por dar un giro imprevisto a toda su vida.


Con la destitución del juez previo (funcionario corrupto por demás, de quien ni el nombre vale la pena recordar), tras haberlo acusado en pleno todo el personal del juzgado ante la Suprema Corte de Justicia, llegó como nuevo titular un personaje de talla inconmensurable (no sólo para el Poder Judicial, sino para la historia de México), quien por avatares de la vida hubo de regresar a la Suprema Corte, algunos años atrás, para retomar desde abajo una carrera jurídica distinguida antaño por la excelencia, rectitud y honestidad. Jurisconsulto de primerísimo nivel, el nuevo juez (don Arturo Cisneros Canto) llegó a restituir la armonía y respeto de aquel recinto judicial, por una parte y a darle (aún ignorándolo) una revolución a su vida personal, por la otra.


Antes de producirse dichos cambios, un par de meses tras el arribo a la ciudad de Morelia de don Arturo, nuestra dama y su familia fueron víctimas de la peor de las tragedias, la que por mucho tiempo marcó sus almas. El 13 de mayo de 1947, cerca de las tres de la tarde, José Santos, a sus 21 años de edad, tercer hijo de la familia y a poco de un mes de ser padre, fue herido de muerte en el rostro por la bala de un anciano demente recientemente viudo, en un acto fuera de toda lógica y con la única explicación de haberse cruzado incidentalmente en su camino. El dolor de los padres fue inefable y la impresión recibida por el resto de la familia les dejó en un estado de entumecimiento mental y emocional. Una vida joven truncada de golpe, una viuda casi niña, una primogénita nonata, unos padres heridos en el alma, y una hermana que tuvo que aprender a levantarse del derrumbe para luchar por una familia (la propia) que empezaba a irse a pique ante la tragedia sufrida, al dejarse vencer por el dolor. Don Fortino, el padre, cerró durante un mes el taller de zapatería, en señal inútil de duelo. Doña María de Jesús, la madre, se encerró en su pena, secos los ojos, olvidándose de que había unos hijos (varios de ellos niños) y un marido. El hogar, ante panorama tan negro, comenzó a colapsarse a pesar de los esfuerzos casi heróicos de nuestra joven por provocar a los suyos para detener el naufragio. El cariño y misericordia de quienes conocían de verdad el espíritu generoso y de lucha de nuestra biografiada, la cobijaron para fortalecerla, así que el apoyo moral (muchas veces más imperioso que el material) vino en la persona de un par de amigas que la obligaron a tomarse unos días de reposo y desahogo en la ciudad michoacana de Zamora, casi un mes después del estúpido asesinato del hermano. Tras ese lapso de reconstitución espiritual, regresó nuestra joven a su casa y a sus actividades, con la firme convicción de no permitir más el estado de derrota y dejadez imperante. Ello implicaba luchar contracorriente, por lo que la batalla fue campal y acerba, pero al final pudo imponer el orden y la vida continuó, aunque en condiciones materiales ásperas (las cuales tendrían consecuencias insuperables para los padres de nuestra homenajeada).


Con el duelo por dentro, nuestro personaje continuó sus actividades, esforzándose por encontrar una salida al círculo vicioso en que se sentía atrapada, sin podérsela hallar. (El momento histórico no había dado aún a las mujeres mexicanas la capacidad de decidir con plenitud sobre su vida, ni mucho menos de resolver entre lo que se esperaba socioculturalmente de ellas y lo que en realidad querían). Don Arturo, observador perspicaz, pronto notó las capacidades intelectuales y laborales de nuestra joven, por lo que a los pocos meses la llamó a trabajar directo con él, como su secretaria. Esto fue de enorme ayuda para el desarrollo personal y profesional de nuestra dama, pues no sólo se adentró de lleno en el mundo del derecho mexicano, sino que perfeccionó sus habilidades al grado de lograr un desempeño perfecto acucioso, organizado, eficaz y eficiente.


La discreción, inteligencia, alta sensibilidad, hambre de saber, elegancia y belleza de nuestra joven no tardaron mucho en hacer mella en el juez: hombre maduro entrando a su vejez, viudo hacía cuatro años con tres hijas adultas, cultísimo, brillante, atractivo y con un don de gentes que a su vez lo hacía muy interesante. Del trato laboral, con la discreción y buen gusto que dictaba la época (principios de 1948), pasaron al trato personal y, por decirlo así, al cortejo. La diferencia de edad era considerable (26 años, de parte de nuestra homenajeada contra 61, de parte de don Arturo); los mundos de procedencia eran tan distintos (joven moderna de la década de los 1920, de familia michoacana de clase media; hombre maduro de formación decimonónica en muchos aspectos, de familia yucateca prestigiosa y con peso social); sus ideologías, un tanto contrastantes (ella, católica, si bien liberal; él, librepensador de espíritu socialista); y con motivaciones divergentes (nuestra homenajeada, impactada por el gran mundo de don Arturo, buscando lograr al fin el ascenso sociocultural que tanto había añorado, junto con la experiencia madura que siempre le había atraído de los hombres, y el deseo de un hogar estable y tranquilo para el resto de su vida; y don Arturo, ansiando restablecer el hogar que ya no tenía y reconstruir el ambiente cálido y sólido que sólo podían darle una esposa y nuevos hijos, con miras a continuar lo que había iniciado casi 40 años atrás con su difunta esposa). No podía hablarse de amor, sino de afecto y amistad, lo cual no hubiera sido impedimento para realizar una buena unión, si no hubiera habido una serie de obstáculos que la convirtieron en hecho infeliz para ambas partes. Los celos de tres hijas adultas, con vidas hechas, fincados en un equivocado respeto a la memoria de una madre muerta años atrás y en el egoísmo de tener un padre exclusivo para no compartirlo con nadie ni con nada. El lastre de una familia egoísta, con unos hermanos un tanto insensibles a la voluntad y deseos de una hermana mayor siempre presente y al pie de su deber moral para con toda su familia, y unos padres habituados a descansar y descargar sus deberes y obligaciones en una primogénita de profunda solidaridad familiar. Don Arturo, con un temperamento noble, pero un carácter impaciente y efervescente, muy susceptible de ser influído por los seres más ligados a su corazón. Nuestra biografiada, con un espíritu rebelde y contestatario, impaciente hacia la injusticia y el engaño, y con un corazón altamente sensible aunque reservado.


La unión definitiva de estos dos seres no podía tener más rasgos en contra y, sin embargo, se dio. Se dio con la oposición de ambas familias. Se dio con el rechazo de una sociedad moreliana hipócrita y mojigata (aduladora del funcionario público y censora del librepensador, a quien etiquetaban falsa y maliciosamente de "masón" y "divorciado"). Se dio con la reprobación del guía espiritual de nuestra joven, padre Fernando Cabral. Se dio con la comprensión de la única voz de amor y apoyo que siempre acompañó a nuestra dama, su abuela materna, doña María y su tío abuelo materno, don Jesús.


El martes 19 de julio de 1949, en una sencilla y muy discreta ceremonia civil, en la casa familiar de nuestra biografiada, ante el juez de paz correspondiente, y con la presencia de los padres de la novia, la hija mayor de don Arturo y sólo dos testigos, se realizó el matrimonio. Nuestro personaje y don Arturo habían dado el paso que cambiaría sus vidas por completo y del que ya no tendrían vuelta atrás.



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miércoles 20 de enero de 2010

Los olvidados. Segunda entrega, parte III

Poco después de haber iniciado sus estudios técnicos en la academia comercial de la ciudad de Morelia (Michoacán, México), nuestro personaje se encaró con el reto de tener que asumir la responsabilidad de su decisión, pues con los manifiestos estragos de la economía mexicana ante la patriótica decisión del presidente Lázaro Cárdenas del Río de nacionalizar la industria petrolera (1938), y con el peso de sostener para 1939 una familia de ocho hijos, su padre le hizo saber que le era imposible pagarle sus estudios. A sus escasos 17 años de edad, sin inmutarse por tal noticia, la joven exigió a su querido padre que le consiguiera un empleo entre sus muchos amigos (que en verdad eran muchos, pues don Fortino se distinguió toda su vida por un espíritu noble, desprendido y protector) para así mantenerse dentro del camino elegido. Fue entonces como a esa edad, nuestra biografiada se convirtió en una mujer independiente (tan afín a su esencia) lo que, salvo un periodo difícil, fue uno de sus rasgos más importantes hasta el final de su vida.


Los tres años que duraron sus estudios, nuestro personaje no sólo se granjeó el afecto y admiración de profesores y compañeros (entre los que hizo amigos entrañables), sino que se ganó la plena confianza de la directora de la institución, doña Carmen Rodríguez, quien le ofreció compartir la dirección de la misma (a su titulación de la carrera técnica) a la limón con otras dos compañeras y amigas de nuestro personaje (alumnas brillantes también del plantel), pues pensaba retirarse del cargo. No obstante, más firme que nunca en su determinación para cursar la carrera de contaduría pública en la Ciudad de México (puesto que la Universidad Nicolaíta, en Morelia, no la tenía), nuestra homenajeada declinó la oferta. La soltura que le había dado el hecho de sostener sus estudios, de ayudar económicamente en su casa y de hacer prácticas reales de sus estudios; más su enorme ingenio y capacidad organizadora; la llevó, a sus 20 años (1942), a tener todo planeado para irse a estudiar, vivir y trabajar en la Ciudad de México. La meta: cursar la carrera de contador público en la reconocidísima institución privada de estudios superiores Escuela Bancaria y Comercial. Con todo previsto, sólo quedaba dar el paso final: comunicárselo a sus padres. Ver y oir la firme determinación de la hija, dejarse llevar por el natural egoísmo de padre, junto con el apremio que reinaba en el negocio y el hogar (tras la trágica muerte, en 1939, de su hermanito Fortino de siete años, la presencia de un nuevo hermano de casi dos años, más la crisis económica provocada por la Segunda Guerra Mundial), no hicieron más que sobrecoger el alma del padre para rogarle a la hija, entre lágrimas, que no los abandonara a su vera. La madre sólo acertó a guardar silencio. Nuestro personaje, indefensa y conmovida ante el amargo llanto del padre, no pudo sustraerse al hecho y tomó una decisión... el sueño quedaba tan sólo en ello, en sueño. Las urgencias del hogar, su sentido solidario y el amor profundo hacia su padre pesaron más, por lo que a partir de ese momento, buscó alternativas con las cuales compensar la pérdida de algo que había sido tan caro para ella.


A pesar de un recio temperamento, la disyuntiva había sido demasiado onerosa para una jovencita de 20 años en los inicios de la década de los 1940. El hecho, aunque asumido con el tiempo y madurado, nunca dejó de frustrarle, pues de no haber cedido al ruego paterno, su vida hubiera, sin duda alguna, tomado un derrotero muy distinto del que tomó y con la incertidumbre siempre de si hubiera sido mejor... Desde ese 1942, después de su titulación el día 2 de mayo, en un examen brillante, nuestro personaje se integró de manera formal al campo laboral, con lo que fortaleció no sólo su capacidad de independencia y autosuficiencia, sino también su profundo rasgo de solidaridad y de amor a la familia pues, aparte de hacerse cargo de sí misma, asumió la responsabilidad de apoyar a fondo en la manutención de su casa junto con el padre, hecho que sirvió para unir emocionalmente personajes tan contrarios como nuestra biografiada y su madre, al valorar ésta los sacrificios de una hija joven y llena de ilusiones (como los sacrificios sufridos y las ilusiones perdidas por ella misma en su juventud).


Haciendo de tripas corazón, nuestra dama buscó la manera de integrarse a mejores opciones laborales y personales, aprovechando las oportunidades que le ganaban su presencia gentil, su honestidad, su inteligencia y su formalidad. Entre los empleos que ejerció, laboró en el área contable de la droguería más importante de Morelia en donde el dueño, al reconocer pronto las capacidades de la joven, la invitó a colaborar como su asistente en el área farmacológica, con miras a impulsarla a estudiar por esa línea. Por el mismo tiempo, unas buenas amigas de su madre la introdujeron en uno de los pocos círculos sociales dignos para las jóvenes de esa época a donde, a pesar de no ser de los intereses de nuestra homenajeada por el rubro abarcado, aceptó gustosa en ingresar. Se trataba de la agrupación religiosa para laicos Acción Católica, manejada en Morelia por la congregación de los Misioneros del Espíritu Santo. La sensación de encierro sin salida en que se sentía nuestra joven le hizo ver ahí una opción de libertad (su tan amada libertad). Su encuentro en el grupo con el dirigente espiritual del mismo (sacerdote Fernando Cabral: hombre joven, muy culto e inteligente quien rápido percibió los potenciales de nuestra biografiada) fue providencial, pues le permitió ingresar a los sectores selectos no sólo de la sociedad sino de la cultura moreliana, lo que reavivó en nuestra dama su ansia por avanzar.


Estar tan cerca del Iglesia le reafirmó su animadversión por las eternas contradicciones de la institución, fortaleció su natural rebeldía (a pesar de las reconvenciones que recibía por ella), la llevó a encontrar su verdadera espiritualidad y le hizo madurar mucho como mujer. Para 1945, harta de sentirse estancada, arrepentida de no haber sido inflexible en su decisión para irse hacia la Ciudad de México, segura de no quererse casar nunca (a pesar de haber recibido dos propuestas de matrimonio más) ni de jamás tener hijos (la experiencia de ser la primogénita, para entonces, de ocho hermanos varones vivos en un hogar lleno de carencias y diferencias de género -favorables a los hombres- la había convencido de ello), la decidió a tomar un puesto en el gobierno, exactamente en el Poder Judicial Federal asentado en Morelia (Juzgado de Distrito), como simple secretaria, con miras a continuar su preparación, a fin de perseguir mejores oportunidades laborales de acuerdo con sus capacidades e inteligencia, puesto que era la única opción donde el sueldo era decoroso y el horario no abarcaba todo el día.


La injusta mala fama que tenía el trabajar para el gobierno; dentro de una sociedad moreliana tan mojigata; en nada desanimó a nuestra biografiada, por lo que el 16 de mayo de 1945 ingresó como secretaria taquimecanógrafa al Juzgado de Distrito de Morelia, inició poco después sus estudios del idioma inglés y empezó a forjarse planes aún nebulosos sobre su futuro personal y profesional. Su estancia en dicho sitio le permitió renovar sus esperanzas, le abrió otras perspectivas (la del mundo del derecho, entre ellas, del cual llegó a empaparse mucho) y la llevó, sin siquiera adivinarlo, a conocer al hombre que provocaría cambios transcendentales en su vida, y la haría tomar la decisión más importante de aquélla y a cargar (el resto de su existencia) con las consecuencias positivas y negativas de haber elegido dicho camino.



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miércoles 13 de enero de 2010

Los olvidados. Segunda entrega, parte II

Llegó 1935 y con él, se abrió una pequeña luz en el camino de nuestra biografiada a través de sus tías Carmen y Soledad, primas segundas de su padre, quienes conmovidas por la vida desperdiciada de la adolescente; pensando en su futuro; se ofrecieron a llevarla a su casa para que aprendiera un oficio que le permitiera ser autosuficiente y responsable para el futuro de adulto que ya no distaba tanto. Fue así, como de la ciudad de Puruándiro salió el tren rumbo a la pequeña ciudad de Panindícuaro (todo dentro del mismo Estado mexicano de Michoacán), para iniciarse así, en una especie de efecto dominó, cambios paulatinos en la vida de nuestro personaje los cuales, como es de suponerse, se salieron de lo esperado.


Poco más de un año duró la estadía de nuestra dama en Panindícuaro al lado de sus tías durante el cual aprendió el oficio de modista y perfeccionó sus habilidades en el bordado y el tejido, con miras a hacerse de una opción laboral que le permitiera subsistir (sobre todo, si persistía en su idea de nunca formar un hogar). Las ambiciones intelectuales y vitales de nuestra homenajeada iban más allá de lo que le habían ofrecido sus tías, pero el hecho de haber cambiado de ambiente, de experimentar menos opresión y de sentirse en libertad para hacerse de un círculo de amistades afines a su sensibilidad, le permitieron a la adolescente madurar, ganar confianza en sí misma y fortalecer en su interior la idea de estudiar para ser una profesional y así volverse una mujer independiente. Aun cuando la distancia entre las dos ciudades no era tan grande, nuestro personaje se mantuvo lejos de su hogar durante todo el tiempo que duró su ausencia, con lo que ese retiro le permitió pensar y aceptar mejor el círculo en el que había nacido (y que siempre le fue tan ajeno), sin por ello justificarlo, sino más bien comprenderlo. La ausencia y la distancia la llevaron a afianzar su espíritu de lucha y rebeldía, así como a acrecentar sus dones de bondad y desprendimiento.


Poco después de su cumpleaños número quince, año de 1937, el amor tocó su alma y su mundo emocional se perturbó por primera vez al conocer a un joven médico panindicuarense, quien le llevaba 20 años, y el cual había quedado prendado del encanto y madurez de la jovencita. El noviazgo floreció al punto en que el médico llegó a proponerle matrimonio a nuestra biografiada, a lo cual ella accedió (al percibir con su aguda inteligencia, que siempre la distinguió, la posibilidad de un buen futuro). Sin embargo, ante la seriedad del asunto y siendo aún menor de edad, los padres de la adolescente se opusieron de manera rotunda al matrimonio (preocupados por la diferencia de edades) y, aprovechando el hecho de que nuestra dama había terminado sus cursos de corte y confección y de que había un nuevo hermanito, decidieron traerla de nuevo a casa, con lo que se dio por finiquitado el trato entre la joven y el médico.


Nuestro personaje se encontró entonces con un entorno familiar cambiado drásticamente para mal: la situación económica había decaído sobremanera en el hogar pues el negocio del padre (artesano zapatero) había quebrado por su falta de visión comercial, por lo que las pocas propiedades y objetos de valor que había, apenas si sirvieron para pagar deudas y quedarse con lo mínimo. La situación no tenía remedio y lo único que se pudo hacer fue emigrar hacia la capital del Estado, hacia la ciudad de Morelia; aunque una mala decisión hizo que la familia se desviara por un año a la pequeña ciudad de Moroleón (fronteriza con Michoacán), en el estado mexicano de Guanajuato, a donde se reunió nuestra homenajeada con su familia y en donde todos pasaron un episodio terrible de extrema pobreza; pareciendo así, que la vida de nuestro personaje, la cual comenzaba a despuntar hacia la dirección que ella deseaba, empezara a caer en horrible picada sin poderlo evitar. El tiempo perdido y el desgaste físico y emocional vivido durante la estancia en Moroleón, terminó cuando a principios de 1938 la familia (formada para entonces con siete hijos vivos -la madre ya había sufrido años atrás la pérdida de dos bebes en momentos distintos-) emigró al fin hacia Morelia, hecho que representó para nuestra biografiada el inicio de su futuro real, la vivencia de experiencias personales muy duras y la realización de algunos sueños y la pérdida definitiva de otros.


El movimiento de la ciudad capital del Estado: social, económico y cultural, de alguna manera logró reavivar tanto la vida de la familia como las esperanzas de nuestro personaje. Nuestra jovencita volvió a sus lecturas; enriqueció su mundo con piezas cinematográficas de todo el mundo (siempre con el apoyo y complicidad de su amado padre) y (dentro de sus restricciones monetarias) con la asistencia al teatro; y pudo también abrir aún más su horizonte con el maravilloso invento de la radio (música, literatura, diversión, información). El padre pudo establecer un pequeño taller de zapatería (la fábrica de calzado había quedado en el pasado y en un espacio cálido del corazón de aquel artesano), con lo que no sólo pudo entablar trato con nuevos clientes sino que, en no pocos casos, se fincaron a partir de ahí sólidas amistades. Una de éstas se personificó en la estampa de una viuda, a quien apodaban cariñosamente La Zamorana (por provenir de la ciudad michoacana de Zamora, segunda en importancia después de la capital), quien significó un parteaguas en la vida de nuestra dama.


Intuyendo el potencial de la jovencita (ya de 16 años) y observando que perdía su vida y su tiempo de modo triste en la casa o en el taller de zapatería, esta noble amiga movió el corazón de sus padres para que le permitieran concluir sus estudios truncados y continuar los siguientes, a fin de que pudiera hacerse de una profesión que le asegurara un futuro mucho mejor que el de depender de un marido. Los padres de nuestra biografiada aceptaron la idea y fue así como La Zamorana la presentó con un ser luminoso; una maestra normalista pensionada por razones de salud quien se dedicaba a preparar alumnos para presentar exámenes a suficiencia para primaria y secundaria; quien fue el encargado de asesorar a nuestro personaje para que pudiera certificar sus estudios primarios truncos años atrás y de quien más que una formación, recibió apoyo, afecto y un gran impulso para que pudiera realizar su vida a plenitud y según sus deseos. El tiempo de preparación fue el mínimo, pues la inteligencia, disciplina, dedicación y cultura autodidacta que poseía nuestra homenajeada obviaron muchos pasos del proceso de estudio.


Corría finales de 1938, y con su certificado de estudios primarios en la mano, bajo sugerencia y con recomendación personal de su querida maestra, nuestra joven de casi 17 años, se inscribió en una pequeña academia comercial a fin de realizar estudios técnicos para contador privado y secretaria. El camino estaba abierto. Los estudios comerciales no eran un fin, sino apenas un medio para adquirir un nivel educativo mayor, que le permitiría realizar la ambición de cursar una carrera universitaria, a fin de convertirse en contadora pública titulada. El sueño estaba ahí, sin embargo, el destino se interpuso en la forma en que nuestra dama no podía combatirlo: la de su propia generosidad e irrevocable sentido de la solidaridad.



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domingo 3 de enero de 2010

Los olvidados. Segunda entrega, parte I

En las primeras luces del martes 2 de enero de 2007, con el suave bamboleo de un cálido Océano Pacífico, en un muy íntima y sentida ceremonia, las cenizas de un ser humano excepcional fueron lanzadas al agua azul acero para integrarse a la creación universal, a la libertad absoluta y a la única verdad: la de la luz y el amor.


85 años atrás, a las 4 de la tarde de un lunes 2 de enero, la historia de una dama especial comenzó a escribirse en la pequeña ciudad provinciana de Puruándiro, en Michoacán, México. Las características tan peculiares de su núcleo familiar ya eran suficientes como para hacer excepcional a alguien, sin que se necesitaran rasgos personales únicos para convertirla no obstante en una mujer fuera de serie (lo que en este caso además se dio). Fue la mayor y única mujer de doce hermanos (con todo el peso psicológico y emocional que esto implica), hijos todos de padres que se forjaron a sí mismos y que compartieron sendas historias de una niñez dura e injusta, huérfana de padre y entre manos ajenas; circunstancias que redundaron, con las naturales diferencias de temperamento y personalidad, en un padre todo bondad, soñador, creativo, pero débil de carácter, y en una madre recia, dinámica, pragmática y poco dada a las concesiones (hijos ambos de una cultura decimonónica basada en la rigidez y obediencia absoluta, en el mandato antes que en el diálogo).


En este ambiente familiar tan tradicional; donde se privilegiaba el derecho y libertad masculinos por encima de los femeninos; que comenzó en condiciones económicas estables, pero que fue mermando su bonanza sin poder jamás recuperar la estabilidad; en el que los temperamentos y visiones de vida de la madre y la hija con frecuencia eran contrarios, en tanto que los del padre y la hija se complementaban (creando por siempre un lazo espiritual y afectivo firme y sólido); y donde nuestra homenajeada tuvo que luchar de manera continua para salvar, desde sus primeros años, un espíritu rebelde por su esencia libre, veraz, racional y justa; se fue forjando nuestro personaje, dentro de las limitaciones propias de su época, mostrándose como la niña-adolescente-mujer contestataria e inconforme fiel a su generación (la de todas esas mujeres nacidas entre 1910 y 1930 que se rebelaron a seguir sujetas a unas imposiciones culturales tiránicas que las limitaban en el pensar, el sentir y el hacer, que las alejaban del saber y las coartaban en su libertad como seres humanos).


Sus primeras rebeldías fueron hacia el rígido sistema de normas restrictivas e ilógicas en el colegio manejado por religiosas españolas (que sólo buscaba perpetrar un status quo sociocultural decimonónico y trasnochado para el tiempo), donde cursó sus primeros estudios primarios; hacia una fe (la católica) basada en el temor y la coerción emocional y psicológica, la cual se reducía a ritos ininteligibles, repetitivos y fastidiosos (en especial, para la mente inquieta de un infante), rebeldía que la habría de acompañar toda su vida, sobre todo al cuestionar la falta de congruencia entre la palabra y la acción de una creencia religiosa impuesta a sangre y espada (sin que por ello se afectara su intuición profunda del Ser Supremo, en el que siempre creyó, y al que también siempre cuestionó cuando su mente tan racional no alcanzaba a comprender la injusticia y el dolor del mundo que le tocó vivir por 84 años). Luego, su rebeldía ante el trato y consideración desventajosos por su condición femenina (dentro de su núcleo familiar) ante los recibidos por sus hermanos; y la más fundamental, su rebeldía ante la falta de comprensión y apoyo, por parte de sus padres, para su visionaria forma de sentir, pensar y pretender actuar.


Nuestro personaje; junto a ese ímpetu de lucha; poseía una brillante inteligencia lógica y analítica basada en un espíritu pleno de amor y generosidad, observador, inquisitivo, reflexivo, que inclusive contenía un innato y sólido sentido de la moral humana esencial (una preclara intuición del bien, el mal, lo correcto, lo incorrecto, lo justo, lo injusto) y un profundo respeto por la libertad. Por muchos años, los únicos medios para poder alimentar y fortalecer estos dones fueron la lectura, el cine y la cercanía afectiva y espiritual con las tres personas que tanto marcaron su vida: su padre Fortino, su abuela materna María y su tío paterno Jesús.


Los cambios radicales en el acontecer político, económico y social del México de su niñez y preadolescencia (el Maximato, la Guerra Cristera, el pseudosocialismo cardenista, etc.), envueltos además en un ambiente social y familiar de temor e ignorancia, afectaron para mal a nuestro personaje y la llevaron a truncar sus estudios primarios y a vivir los siguientes cuatro años de su vida recluida en casa (en palabras suyas: "un tiempo perdido de encierro"), ayudando en el cuidado de sus hermanos y aprendiendo todas las labores obligatorias de una mujer decente y de bien; todo lo cual ella aborrecía y que sólo la motivó a pensar que nunca se casaría, que nunca tendría hijos y que jamás se encerraría entre esas cuatro paredes que para las generaciones de su madre y sus abuelas se llamaban hogar. No obstante esto y todos los obstáculos que siguieron, su alma generosa y amorosa (que siempre prevaleció sobre cada decisión tomada a lo largo de su vida), más su apego a la solidaridad y a lo justo, en vez de fomentar rencor y distanciamiento hacia su familia, la enseñaron a ver, entender y aceptar a los suyos con sus defectos y virtudes (sin por ello, claudicar de su intuicion moral ni someter la verdad ante lo ilógico, lo incorrecto o lo inmoral o amoral).


Estaba por llegar 1935, año que, a pesar del cambio tan insignificante que produjo en su vida (según pareció en ese momento), terminaría por impulsar a nuestra dama hacia un nuevo sendero.



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